martes, 1 de julio de 2014

Me Hago Sacerdote

Cuando, en las diferentes estrategias que enfrentamos con el fin de realizar la “Promoción Vocacional” o lo que ahora más acertadamente llamamos “Animación Vocacional”, siempre nos inquieta la percepción que los candidatos puedan tener al respecto de la frase “Me hago Sacerdote”. Y es que resulta evidente que la búsqueda final tiene sentido y se configura en esa realidad, pero ella de por si no puede ser un llegar, un terminar, un cumplir con un deseo o propósito, como algo meramente circunstancial o quizás profesional, sin más ni más. La mirada personal se consolida con la realidad de vida que una persona elije con este destino y como ese escenario se manifiesta en el ejemplo, testimonio, modelo, entrega, abnegación, compromiso y seguimiento hacia una vida especial y trascendental que lo envuelve todo.
En la Congregación de Misioneros Oblatos de los Corazones Santísimos de Jesús y María, su fundador, el Venerable padre Julio María Matovelle, puso un punto muy alto para quienes llegan hasta allí. Y es que, en ese sentido, su perspectiva a seguir fue: “Entro en el Sacerdocio para hacerme Santo”; y más aún, diciendo como: “en la Oración, En el Retiro y en el estudio”, además del ejercicio mismo del ministerio en la salvación de las almas. Estaba tan convencido de su vocación que ya tenía escrito su forma de proceder en la misma: “Cuésteme lo que me costare, confiando en la gracia de Dios, me esforzaré en adquirir la perfección sacerdotal, considerando para ello que la medida de la perfección no está tanto en la sublimidad de las obras, como en la pureza de intención con que se las hace”. Aquí deja claro que la mediocridad del sacerdocio no existe para él. Desde luego es una invitación tácita para que los sacerdotes Oblatos no caigan en la tentación de la mediocridad. “La perfección para mí estará en conformarme en todo plena y gustosamente en la voluntad santísima de Dios; acatando, como manifestaciones de esta Voluntad Divi­na, todas las órdenes de mis superiores”. Se trata de un acatamiento completo y radical hacia la voluntad divina y por ende a la de los superiores. La claridad hace comprender que la voluntad de los superiores, siempre debe estar unida a la voluntad divina y reconocida así, se da lugar a la obediencia positiva del querer de Dios. 3ª La despo­sada de mi alma, mi virtud predilecta será la caridad: esto es hacerlo todo por amor de Dios y amar y servir al prójimo por amor de Dios. La caridad es el AMOR, escrito así, con mayúscula, lo que nos lleva a entender que es lo máximo, que el accionar en todo sentido implica amar sin condiciones ni restricciones, en la plenitud que sólo Dios da. Es una entrega fraterna a mí mismo y al otro, compañero de camino que también entrega caridad. 4ª Procuraré vivir en el mundo como si no existiéramos en él sino Dios y yo, Todo por Dios y para Dios. Se trata de la entrega total, que, paradójicamente, nos coloca al servicio del prójimo, entendido como el próximo el cercano, el hermano de comunidad, pero también el lejano más necesitado. Todos ellos reflejo de la imagen de Dios (Cf. Gen 1, 27). 5ª Recordaré siempre que dejé al mundo por amor al Santísimo Sacramento y recordaré además que gracia tan grande debo a la intercesión de mi única Madre, la Santísima Virgen. Mi ofi­cio en el sacerdocio será hacer con el Santísimo Sacramento lo que practicaría con este misterio adorable la Virgen Inmaculada, si viviera aún sobre la tierra. Es la hermosura del sentimiento Divino, reflejado en un ser que como humano vivió en esta tierra, dando ejemplo de humildad y de entrega a Dios hijo sin olvidar su esencia; el sacerdote, en todos los casos, no debe olvidarse que su ministerio refleja a Cristo y lo vive como lo hizo la Virgen María, siendo un ser humano igual a cada uno de nosotros. Sea para siempre bendito, alabado y adorado el Santísimo Sacramento del Altar. 6ª Me esforzaré, durante todo mi ministerio sacerdotal, en hon­rar y hacer honrar por los fieles confiados a mi cuidado, a la Virgen Sacratísima, considerando esto como uno de los principales deberes de mi sacerdocio. Es común el encontrar, especialmente en los llamados “hermanos separados”, pero también en muchas otras culturas religiosas, que la Virgen María, no debería ser venerada. Aquí deja claramente establecido, el padre Matovelle, que ella representa una personalidad a seguir y la coloca como un ejemplo de vida, que será un camino para llegar a Cristo. La veneración a la Virgen María da paso a la adoración al Santísimo y refleja la acción personal del creyente en lo que Jesús amo, a su Madre Santísima.
Que feliz sería, cualquier persona que pudiera llegar a ser santo, y el camino, la guía, la ruta que plantea el Padre Julio María, pasa por la Oración, que no es más que el encuentro en un diálogo muy sincero, abierto y amoroso, de amigos, con nuestro Padre Creador, nuestro hermano Jesucristo, su Hijo Redentor, y con el Espíritu Santo Santificador. Es dar rienda suelta al hablar, como lo hace un niño perdido, en la esperanza de que sea encontrado. Es el diálogo amoroso ante quien sabemos nos ama tanto y en ese coloquio, dar rienda suelta a nuestro cariño, nuestra fragilidad y nuestra expectación. Qué más podemos pedir a la vida, qué más puede un deseo de entrega y de abnegación ante quien nos ha dado la vida y busca nuestro bienestar.
Retirarse así, es entrar en soledad, es plantear un encuentro consigo mismo, para examinarse, para confrontarse y meditar sobre lo que se vive, se hace, se proyecta, se espera, se quiere entregar, sin más ni más. Es ese desierto que Cristo, llevado por el Espíritu, siguió al comienzo de su ministerio. Es un compromiso en el ejercicio del ministerio sacerdotal, que hace fructífero el mismo y lo lleva a un pedestal en donde se debe situar su esencia. El sacerdote, sigue ese camino, con una confianza extrema que se paga en la eternidad. Eso hace este ministerio una fuente de vida en el aquí y en el ahora, pero la proyecta en el más allá y en la Vida Eterna.
El estudio es la fuente que conduce a la persona al saber para entregarse. Es una forma de ser al conocer. Al estudiar, la preparación conlleva a capacitarse para tener una profunda entrega, una donación de ese aprendizaje que hace partícipe a otros de una vida plena en el convencimiento de lo conocido. La vida, en su movimiento, en su quehacer, en su rutina diaria, plantea retos, luchas, dificultades, encrucijadas que deben ser resueltas en el mismo actuar del diario vivir. La experiencia logra resolver esos retos y con ello se obtiene el saber, ese que se estudia y luego se entrega. El ministerio sacerdotal, así visto, es una entrega de conocimiento, surgido a partir del estudio, franco, comprometido y pleno, para que otros participen de la experiencia del saber y del conocer.
Ahora te pregunto: ¿Quieres ser Sacerdote? ¿Estás animado a vivir la experiencia de Cristo como Sacerdote? ¿Sabes lo que significa ser sacerdote? ¿Encuentras sentido en ser un Misionero Oblato de Matovelle, con su carisma y su fidelidad?
Ahora te pregunto a ti, sacerdote Oblato, Oblato de Matovelle: ¿Si estás siguiendo esta senda, este camino, esta ruta? ¿Te agobian la tristeza, la desilusión, la fatiga, el cansancio, los años? ¿Estás buscando las fuerzas, el ánimo, la esperanza y la alegría en el lugar indicado? ¿Estás poniendo tu confianza en la gracia de Dios que a todos se nos otorga? ¿Haces el esfuerzo adecuado para que tu perfección sacerdotal sea la máxima? ¿Estás seguro de que cumples con la voluntad de Dios en todas tus tareas, labores, encargos y diligencias? ¿Le pides a la Virgen María, que te ayude a recuperar fuerzas, a dar las batallas necesarias para ser cada día un mejor sacerdote? ¿Si entregas el amor requerido para lo que día adía se te presenta en el ejercicio de tu ministerio? ¿Estás orando por ti, por mí, por todos, para que seamos perfectos como Dios quiere?

!UN ABRAZO PARA TODOS Y TODAS¡



miércoles, 11 de junio de 2014

Comenzar desde el corazon

Comenzar desde el Corazón[i]
Hay en el evangelio de Mateo un capítulo, el décimo, al que a menudo se titula “Discurso Misionero”. Para entender el significado de esta expresión, hay que saber que Mateo ha redactado su Evangelio con un orden muy preciso, y entre otras cosas ha organizado muchas palabras de Jesús en “unidades didácticas” que desarrollan cada una un tema particular. Palabras que Jesús dijo, y tal vez repitió, en circunstancias diversas, son reunidas por Mateo como un manual de instrucciones, de forma que encontrarlas resulte más fácil  para el lector.
El “discurso misionero” es una de estas unidades didácticas. No es todo el Evangelio, de acuerdo, pero tampoco es un capítulo secundario reservado a pocos especialistas. Más aún, si lo pensamos bien, es algo muy importante, sin lo cual el Evangelio mismo no tendría sentido. Si, en efecto, el Evangelio es, como la palabra lo dice, una “buena noticia”, ¿Qué tipo de noticia sería si no se divulgara? En verdad, el misionero es un mensajero, uno que lleva un anuncio gozoso. ¿Qué debe anunciar? ¿Cómo? ¿A quién? ¿Por qué? ¿Y cómo comportarse cuando el anuncio es rechazado? Es toda una serie de preguntas que encuentran  una respuesta propia en el capítulo 10 de Mateo, que nos servirá para señalar algunas características de lo que se llama “espiritualidad misionera”, es decir, toda una serie de actitudes del corazón y de comportamientos prácticos que debe tener el que quiere vivir como “misionero” su fe.


Pero  antes de comenzar, hay dos cosas de verdad importantes para entender. Cuando queremos aprender algo, nos interesa pronto dónde hallar las “instrucciones”. Hoy se venden muchos juegos tan complicados, que para entender su funcionamiento hay que estudiar antes unas explicaciones difíciles y minuciosas.
¿Quizá el “discurso misionero” contiene explicaciones sobre cómo hacer funcionar la “misión”? Sí y no. Pero no pensemos que se trata sólo de palabras, aunque hayamos llamado  a esta página “discurso”. Mateo, en efecto, no ha recogido en su Evangelio sólo las palabras de Jesús, sino que también, y sobre todo, sus acciones y sus gestos. Lo que Jesús hizo es tan importante como lo que dijo. Las palabras explican, preceden y comentan los gestos, ayudándonos a entender lo que éstos significan. Los gestos,  a su vez, confirman las palabras, las hacen verdaderas y concretas. Nunca se pueden separar los primeros de las segundas. Y tampoco se puede olvidar que para entender bien el “discurso misionero” hay que conocer todo el Evangelio, tener ante los ojos las acciones y comportamientos de Jesús.
Gestos y palabras revelan algo más profundo: el corazón. Desde allí se comienza y allí se debe llegar. Porque desde allí comienza también Jesús, y esta es la segunda cosa importante, una verdadera y propia premisa sin la cual la “misión” no se mantiene en pie y corre el riesgo de tirar puños al aire. Una premisa es algo “puesto antes”: se trata, entonces, de algo sin lo cual no se comienza, pero también de una energía que debe continuamente sostener y alimentar el impulso inicial. Usando la imagen del jet o del misil, podemos hablar de un “propelente”, palabra que indica una fuerza que impulsa hacia delante y que mantiene el vuelo. ¿Cuál es el propelente que se indica al inicio del discurso misionero como una premisa necesaria?

Justamente en los dos capítulos 8 y 9 que preceden al nuestro, Mateo cuenta una serie de curaciones: Jesús cura a un leproso, al criado de un centurión, a la suegra de Pedro, a dos endemoniados locos furiosos, a un paralítico, a una mujer que pierde sangre, a dos ciegos, a un mudo, y resucita a una joven; calma además una tempestad en el lago invitando a sus amigos a no tener miedo. El evangelista nos dice también que Jesús llama a seguirlo a un recaudador de impuestos, llamado Mateo, y que, con el asombro de unos buenos fariseos, come con él y con personas de su profesión: “publicanos y pecadores” los llama el Evangelio, como para decir ladrones y gente de las cuales no hay que fiarse, pero a quienes Jesús anuncia, también  con el ofrecimiento de su amistad, que Dios es “misericordia” y que los ama también a ellos. Éstos son los “hechos”, y Mateo resume todo diciendo que “Jesús recorría  todos los pueblos y aldeas, enseñando en las sinagogas judías, anunciando la buena noticia del reino y sanando todas las enfermedades y dolencias” (Mt 9,35). Volveremos sobre estas tres actividades de Jesús, pero lo que ahora conviene subrayar es la frase que sigue: “Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban vejados y abatidos, como ovejas sin pastor” (Mt 9,36). Aquí está la palabra clave que explica el motivo principal de la acción de Jesús, y es la misma palabra que hace de premisa y propelente para la acción misionera: la “compasión”.
Se trata de una palabra que siempre hay que explicar un poco, porque en nuestra lengua tiene a menudo un significado mucho más pobre y limitado que aquel que se muestra en esta página del Evangelio. En efecto, “sentir compasión” quiere decir “sufrir con” y “sufrir por”. Estamos ante una situación que provoca sufrimiento y malestar: decimos no mirar las cosas desde fuera. Sino entrando, asumiendo el dolor del otro como si fuera propio. El “por” se convierte en “con”: el dolor que veo no me deja inerte ni indiferente, pero no se detiene tampoco en una emoción pasajera o en alguna frase apurada con la que quiero consolar sin intervenir demasiado: se convierte, por el contrario, en simpatía y solidaridad, y acción que interviene para quitar la causa del dolor. Esto hizo Jesús, con sus palabras y sus oraciones, su presencia junto a los marginados por parte de las personas de bien. Ésta fue su “misión”, así anunció el “reino de Dios”  y lo hizo visible.
Pero en la base de todo está su “compasión”. ¿Qué hace sufrir al corazón de Jesús? Él ve que la gente está cansada y desanimada, y que no hay un pastor que la cuide y la reúna. Hay que prestar mucha atención a estas palabras. Quizá pensamos que para obrar como Jesús debemos realizar curaciones físicas; pero aquí no se trata en absoluto de esto. El cansancio y el desánimo son males del corazón, dolorosos y peligrosos, y por estos males Jesús sintió compasión; y éstos son los males que Él vino a curar.
El asunto, entonces, es la compasión que nunca tendremos si no estamos atentos a los demás. Estás en una edad en que es más fácil que te cierres en ti mismo, preso de tus sufrimientos y de tus crisis, como si no hubiera nada más en el mundo. Necesitas ser comprendido y compadecido. Tal vez lo hagas ver demasiado: alguno te habrá dicho que vives lamentándote. Jesús te ofrece ciertamente su compasión, pero pide también que mires alrededor, y no sólo a ti mismo. Más aún, puedes participar de la experiencia de tus cansancios y desánimos para entender mejor a los demás, para suscitar en ti la “compasión”. Así te pondrás en sintonía con Jesús, y estarás dispuesto a acoger su “discurso misionero”, y a vivirlo.

Cuando en el ejercicio de buscar candidatas  aspirantes para el ingreso a la formación Religiosa y candidatos aspirantes a la formación Sacerdotal, mucho vale lo que “desde el corazón” nos puedan entregar y en ello influye mucho la humildad, la paciencia y “mansedumbre” –que no conformismo- con que se acerquen las y los jóvenes con dichos propósitos. También quienes los reciben y están atentos a su preparación, deben vivir “desde el corazón” su formación, lo que implica responsabilidad, seriedad y seguridad para que los procesos sean adecuados y den los frutos que Jesús desea.


[i] La Misión Comienza en el Corazón. F. Cagnasso – D. Pezzini págs. 11-15.  COMUNICACIONES SIN FRONTERAS.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Una propuesta de reflexión sobre los currículos de las escuelas católicas

Ponencia del arzobispo de La Plata Héctor Aguer, en el 50 Curso de Rectores del Consejo Superior de Educación Católica
Por Héctor Rubén Aguer
BUENOS AIRES, 14 de febrero de 2013 (Zenit.org) - El arzobispo de La Plata, Argentina, y presidente de la Comisión de Educación Católica, monseñor Héctor Aguer, tuvo una ponencia este jueves 14 de febrero, en el 50 Curso de Rectores del Consejo Superior de Educación Católica, que se desarrolla en Buenos Aires hasta este sábado 16, en el Centro de Exposiciones de la Ciudad de Buenos Aires. La intervención del obispo platense encierra elementos de reflexión que consideramos útil para los lectores por lo que ofrecemos el texto completo.
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En esta edición jubilar del Curso de Rectores del CONSUDEC se ha elegido muy oportunamente como tema el desarrollo curricular de la escuela católica. El título encierra una definición: puede haber, debe haber, un desarrollo curricular propio de la escuela católica, en el cual se concrete nuestro proyecto educativo y no sólo idealmente, sino también de hecho, la misión educativa de la Iglesia en cada una de sus instituciones. El encuadre institucional, el dónde del proceso educativo, que se ajusta a los contextos culturales y sociales más diversos, tiene una matriz común: es la Iglesia la que educa en sus múltiples comunidades, supuesto que cada una de ellas mantiene su identidad católica y actualiza incesantemente el propósito de participar en la obra eclesial de transmisión de la fe y de formación de personas cristianas. Así como el proyecto educativo institucional se inspira en el proyecto educativo común de la escuela católica y lo especifica localmente, también el diseño curricular institucional y sus desarrollos correspondientes deben referirse a un currículo propio de la educación católica, que podríamos designar como su propia ratio studiorum. En el único sistema de educación pública vigente en la Argentina, del cual el subsistema educativo eclesial es una vertiente caudalosa, el último nivel de concreción del diseño curricular que es el proyecto curricular institucional, no responde sin más al diseño establecido por el Estado tanto en el orden nacional como en el provincial y que debe ser obviamente respetado según corresponda, sino a través de esa mediación jurisdiccional que es la Iglesia, la escuela católica; por tanto, debe responder a la verdad de la fe, a la visión cristiana del hombre y del mundo, a las líneas maestras, históricamente consagradas, de la pedagogía cristiana.
¿Qué es un currículo?
Una primera acepción, la más común, vulgarizada, lo define limitadamente como plan de estudios. En una segunda, el diccionario de la Real Academia Española lo presenta como el conjunto de estudios y prácticas destinadas a que el alumno desarrolle plenamente sus posibilidades. Este sentido se acerca al concepto clásico de ratio: no sólo orden, disposición, sino también modo, camino, método, condición, cualidad, y aun motivo, causa, naturaleza. En el currículo se refleja una identidad. Las modernas teorías del currículo conciben al diseño curricular como la explicitación fundamentada de un proyecto educativo en los aspectos más directamente vinculados a los contenidos y procesos de enseñanza y aprendizaje. Subrayan, además, el valor fundamental de la articulación vertical de todos los niveles, desde el inicial hasta el superior, y la articulación horizontal y los modelos integradores de las distintas disciplinas y demás recursos en el mismo ciclo, grado o año. Señalan, entre otros elementos, la importancia de las concepciones filosóficas, antropológicas, epistemológicas y sociológicas que son fuentes del proyecto educativo y proponen superar una definición restrictiva de los contenidos. Éstos no son sólo datos o conceptos provenientes de diferentes campos disciplinarios, es decir conocimientos científicos, sino también valoraciones, actitudes, habilidades, métodos y procedimientos. Según las teorías aludidas importa sobremanera la consideración del perfil del sujeto que se educa; dicho de otro modo, en la explicitación del proyecto curricular ha de reflejarse la finalidad del proceso educativo: quién es el educando y qué persona se quiere formar.
Dos modelos históricos
Esta concepción del currículo no es una novedad en la historia de la educación y mucho menos para la tradición pedagógica de la Iglesia. Quiero referirme a un modelo clásico, que ha gozado de vigencia varias veces secular y que ha sido actualizado sucesivamente, la Ratio atque institutio studiorum de la Compañía de Jesús, que después de varios ensayos tuvo su edición definitiva en 1599. El alumno es en este modelo el centro de la acción educativa y el protagonista del proceso de formación: el aprendizaje activo implica el desarrollo de las propias capacidades cognitivas del joven, que se inicia en la exploración de la realidad sin prejuicios, pero con espíritu crítico, para no dejarse condicionar por falsos valores. El propósito de este proyecto educativo, en el ámbito intelectual, es dotar al estudiante de un método general de acceso al conocimiento, más que transmitirle una serie de nociones. Para estimular los procesos cognitivos y de análisis la orientación pedagógico-didáctica apunta a unir experiencia y reflexión, introduce en el arte de descomponer una situación dada en sus elementos fundamentales, en la individuación de analogías y diferencias entre situaciones diversas y el descubrimiento de conexiones entre ellas. Siglos antes de la famosa Enciclopedia y sus ambiciones de totalidad se renuncia expresamente al enciclopedismo, como si se asumiera la fórmula del casi contemporáneo Michel de Montaigne: mejor una cabeza bien formada que una cabeza muy llena. Se aspiraba a otra totalidad: no sólo la formación de la mente sino la educación integral de la persona; el estudio es concebido como instrumento y condición indispensable para la libertad del hombre. La Ratio entiende la educación con una finalidad pastoral, apostólica; de allí el fuerte dinamismo religioso que se imprime al proceso educativo, en el marco de una visión positiva del hombre y del mundo. Un elemento de gran valor en este modelo es la preparación del docente, que debía recorrer un severo itinerario para asegurar su competencia; además de la base teórica se exigía la participación fuertemente interactiva en un laboratorio didáctico, en el cual era posible adquirir la capacidad de trabajar en un grupo interdisciplinar, la habilidad para proyectar las actividades didácticas con claros objetivos y estrategia metodológica y para fijar los parámetros de evaluación.
Otro modelo –en general poco conocido– es el de las Pequeñas Escuelas de Port-Royal, desarrolladas durante la primera mitad del siglo XVII en Francia por el movimiento jansenista. Desde una visión teológica heterodoxa, contrastante con la que inspiraba la Ratio de la Compañía, el proyecto educativo de Port-Royal mostraba curiosas similitudes con aquélla y metodologías revolucionarias para la época. Su intento era hacer del estudio algo tan agradable como el juego, que la instrucción se orientara a formar la capacidad de juicio, reconocida como la principal facultad del hombre, pero sin descuidar el necesario estímulo de los alumnos a la acción concreta como elemento fundamental de la formación del corazón. Se introdujo en la lectura el método fonético ideado por Blaise Pascal y el uso de plumas de metal para facilitar la escritura. Otra novedad a destacar es la opción por la lengua francesa, con la cual se iniciaba el aprendizaje y que servía como introducción al posterior acercamiento al latín. Para hacer más accesible la comprensión de los textos latinos el maestro solía recitarlos animadamente, ofreciendo así una especie de traducción viviente; el ejercicio de la escritura y la composición literaria comenzaba también en francés y sobre temas de libre elección, lo cual permitía asimilar más fácilmente, por comparación de los dos idiomas, la construcción latina. Además de Pascal aportaron a la obra educativa de Port-Royal Antoine Arnauld, autor del Reglamento de los estudios y guía intelectual de las escuelas, Claude Lancelot y Pierre Nicole, maestro de filosofía y humanidades, que produjo materiales muy valiosos y destacó la importancia del estímulo de los sentidos y de la intuición como punto de partida de la enseñanza. Al igual que en la Ratio de la Compañía, también en el método de las escuelas jansenistas se apreciaba la controversia o disputa como recurso para suscitar y mantener el interés sobre lo aprendido en las lecciones y para promover el comentario crítico y el hábito de la interpretación.
El saber y la formación de la persona
He traído a cuento estos modelos históricos por lo que contienen de permanente para el educador cristiano, y de válido en una “sociedad del conocimiento” como la nuestra. Basta destacar un aspecto fundamental de la orientación pedagógica que debe manifestarse en el diseño y los desarrollos curriculares: podríamos identificar este valor como una vía media, por elevación, entre el enciclopedismo que afectó tradicionalmente a la enseñanza secundaria y la posible fragmentación del saber que caracteriza a la excesiva especialización. Otro factor de desequilibrio en esta segunda vertiente de la alternativa es el empobrecimiento de los contenidos sufrido resignadamente por efecto de una decadencia general de la cultura y la necesidad de adecuarse a las posibilidades intelectuales de alumnos mal escolarizados desde el inicio, o bien porque se imponen criterios reduccionistas, por ejemplo una abusiva “sociologización” de las disciplinas bajo influjos ideológicos y políticos. Una urgencia insoslayable de la enseñanza es adoptar como opción pedagógica la integración del saber, una organización del conocimiento que habilite a los jóvenes para la reflexión sobre los datos que van adquiriendo. Son especialmente los nativos digitales, como se los llama, inclinados espontáneamente a la dispersión en el océano de la navegación cibernética y, peor aún, arrebatados por la futilidad en el uso constante del smartphone y otras lindezas electrónicas, quienes corren el riesgo de entrar en un proceso involutivo que conduce a una atrofia intelectual, a la incapacidad de pensar lógicamente. No lo digo yo por cuenta propia; es ésta la preocupación de numerosos expertos. El mes pasado, en un congreso realizado en la Universidad Católica de Milán, se propuso componer un vademécum para interrumpir esa involución; entre otras medidas se incluía la prohibición de smartphones y de iPads en el aula, reglamentar la utilización de las nuevas tecnologías reservándolas para los experimentos y la investigación, revalorizar la enseñanza del latín y del griego y el papel de la escritura a mano. A propósito, también el mes pasado, Guido Ceronetti publicaba en Il Corriere della Sera, al modo de una desprejuiciada provocación, el llamado a redescubrir la caligrafía, o por lo menos el retorno a la grafía manual, que sería beneficioso, según el autor, incluso para los alumnos de mala letra y que no tienen intención ni ganas de mejorarla. He mencionado este detalle como ejemplo y para curarnos en salud, ya que nosotros, en las cuestiones educativas como otros ámbitos de la vida, solemos marchar alegremente de ida cuando países veteranos en la invención cultural están razonablemente de vuelta. El diseño curricular debe reflejar en la dimensión propiamente intelectual de la transmisión de conocimientos el propósito de convergencia entre las diversas disciplinas y la armonía entre las ciencias naturales y las ciencias humanas, pero también tendrá que incorporar las otras dimensiones de la vida personal y social de cuyo desarrollo depende el cumplimiento del ideal de una educación integral. Aludí anteriormente a los valores permanentes encerrados en los modelos históricos evocados. Como punto de referencia para reconocer su actualidad podemos recordar las líneas principales del célebre informe de la UNESCO sobre la educación para el siglo XXI, presentado en 1996; es el llamado informe Delors, cuyo título en francés expresa La educación: en su interior se oculta un tesoro. Según este documento los procesos educativos deberán atender a cuatro órdenes de aprendizaje que constituyen otros tantos mojones para orientar el camino en un mundo complejo y cargado de inquietudes: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos, aprender a ser. Son cuatro capítulos de formación que tienden al desarrollo y cultivo de todas las dimensiones de la persona: la adquisición de los instrumentos del conocimiento y la comprensión; la competencia para la acción creativa, que permita afrontar con éxito múltiples situaciones y dificultades; la capacidad para participar en la vida social con espíritu de cooperación y concordia; el florecimiento de la propia personalidad y de las cualidades necesarias para obrar con libertad y responsabilidad. Habría que añadir la dimensión religiosa; ¿por qué tendría que obviar la UNESCO esta magnitud que corona toda cultura verdaderamente humana? En el currículo de la escuela católica la doctrina de la fe y la visión teológica consiguiente del hombre y del mundo inspiran e iluminan la organización y la integración del saber; el don de la gracia y la experiencia de oración, litúrgica y personal, son la fuente de la formación del corazón, de la voluntad, de la libertad. Esta dimensión que sella la identidad, la autenticidad de la escuela católica, no puede ser recluida en un rincón del currículo como una clase de religión o de catequesis añadida a la última hora de la mañana o de la tarde, una vez por semana. Al contrario, ella tiene que impregnar todo el desarrollo curricular y la vida de la comunidad educativa. Tenemos un modelo en la estructura misma del Catecismo de la Iglesia Católica, conjunto que expresa la totalidad de la formación cristiana a partir de la comunicación de Dios al hombre en la revelación de Jesucristo: una inteligencia cristiana de la realidad en la que se ofrece el gozo de la verdad, el sentido de la vida según la ley evangélica, que puede ser asumido como una vocación si el ritmo de la vida personal, a través de la experiencia litúrgica –sobre todo de la eucaristía- entra en contacto con el Señor que viene siempre a nuestro encuentro. Convendría revisar continuamente nuestros proyectos educativos y los desarrollos curriculares para advertir con sinceridad en qué punto nos encontramos de realización del ideal, o para constatar que al menos nos dirigimos hacia él y no hemos marrado el camino.
El sentido de la verdad
En relación a la fuente que es el Catecismo quiero referirme a tres metas que definen tareas imprescindibles de la escuela católica. La cuestión es cómo se las procura a través de los lineamientos y desarrollos del currículo. En primer lugar señalo la necesidad de cultivar en nuestros alumnos el sentido de la verdad, fin estrechamente ligado al papel vital de la inteligencia, a las potencialidades de la razón humana. En el magisterio de Benedicto XVI encontramos numerosas intervenciones sobre este tema, el repetido llamado a superar el encogimiento de la racionalidad moderna para abrirse con valentía a la amplitud de la razón. Pareciera que en la cultura actual aquella razón que ha dado origen a la modernidad y a la Ilustración potenciándose con pretensiones absolutas, en términos casi divinos, se ha resignado a no alcanzar la verdad, en una autolimitación que equivale a un suicidio. Más todavía, se impone lo que el Papa ha llamado la dictadura del relativismo, como si un consenso mayoritario que resuelva la dialéctica de opiniones divergentes pudiera ocupar el lugar de la verdad. En el reino del pensamiento débil toda presunta verdad es provisoria y subjetiva; es “mi verdad”, “tu verdad”. Es éste un síntoma de decadencia cultural y de intoxicación espiritual: se lo percibe en el modo de pensar, de expresarse y de actuar de mucha gente, que ha perdido el sentido de la verdad, el amor y el gusto de la verdad. En nuestros propios ambientes se ha desprestigiado el conocimiento de la fe, su contenido de verdad, para privilegiar exclusivamente la vivencia. Benedicto XVI recordaba al promulgar el Año de la Fe que existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento. Los alumnos de nuestras escuelas están condicionados por aquellos aires culturales, como nosotros mismos podemos ceder imperceptiblemente a su influjo. No es fácil hacer comprender a los chicos de hoy que la fe no consiste en una fuerte vibración emotiva, que no puede sino ser momentánea, que no se reduce al entusiasmo que pueden experimentar en una jornada, un encuentro, un retiro, que no es solamente sentir que Cristo está cerca de ellos. La fe es adhesión personal a Dios en Cristo, que es la Verdad, el pensamiento y la palabra del Padre, y su mensaje se articula en el cuerpo armonioso y bello de verdades que constituyen nuestro credo, el conocimiento de la fe. ¿En qué medida se intenta transmitir el sentido de la verdad, y ayudar a que los jóvenes la perciban y amen, en los ciclos de enseñanza religiosa escolar y en los encuentros de catequesis, desde el nivel inicial hasta el último curso del secundario? El conocimiento de la fe expuesto en el espacio específico de una pequeña teología escolar se proyecta en el enfoque de las diversas materias, en la formación cultural integral a la que aspira todo serio proyecto de educación católica; así es posible mostrar cómo se armonizan la razón ya la fe en la síntesis sapiencial del cristianismo, que no desdeña –al contrario, acoge y promueve- cuánto hay de verdadero en los saberes humanos. En la inteligencia de la fe y en el sentido de la verdad se apoya el trato íntimo con Dios, el afecto de la caridad y el testimonio de la vida cristiana. Los valores cristianos La escuela transmite valoraciones y actitudes además de conocimientos científicos, procedimientos y métodos; en los últimos años se ha insistido especialmente en la cuestión de los valores. Sabemos que el proyecto educativo de la escuela católica incluye como algo fundamental la formación de los alumnos en los valores evangélicos y la plena identificación con ellos, ya que su finalidad es ayudarlos a plasmar una personalidad cristiana. Esta tarea es en la actualidad particularmente ardua ya que nuestro medio cultural –por lo menos en vastos sectores de la población- ha sido ganado por una especie de neo paganismo. No caben ante esta realidad ni el asombro ni el escándalo; corresponde, en cambio, un discernimiento perspicaz y sereno, lo más objetivo posible. Los valores que hoy día tienden a imponerse no son los valores cristianos; más aún, éstos son muchas veces ridiculizados, hechos objeto de burla o de ironía. Aparecemos en una situación incómoda cuando tenemos que sostener públicamente valores básicos del ámbito de la moral personal o de la ética social. La voz de la Iglesia es con frecuencia ignorada o menospreciada por los magos de la economía y los dueños de la política cuando reitera sus llamados a la justicia, a la solidaridad; o cuando advierte sobre las consecuencias de determinados modelos de organización social. La mayoría de la corporación mediática reacciona con sorna y nos contradice cuando salimos al cruce de proyectos de ley que atentan contra el orden natural o cuando exponemos la verdadera concepción de la familia, del amor y de la sexualidad. En ese contexto debemos ayudar a nuestros educandos a reconocer y asimilar sin complejos la identidad cristiana y el estilo de vida que le es propio; nuestra misión es suscitar en ellos entusiasmo y amor por los valores cristianos, presentándolos en toda su integridad y belleza como camino hacia la verdadera felicidad. Los jóvenes se identifican espontáneamente con algunos de esos valores: la justicia, el respeto a la libertad, la autenticidad; tienden, sin embargo, a concebirlos de manera individualista. Les cuesta, en general, apreciar y hacer suyos otros que no están de moda y que sufren una erosión continua por parte de la propaganda, por ejemplo la castidad, el amor entendido como donación, como generosa entrega de la voluntad, la austeridad de vida, la solidaridad efectiva, sostenida con el propio sacrificio. Todos podemos constatar cómo los alumnos de nuestros colegios se pliegan fácilmente a la mentalidad ambiente y acaban aceptando como lícitos los antivalores promocionados en ella. Son sensibles a un insidioso planteo que presenta la fidelidad a la ley evangélica como un obstáculo a la felicidad, como algo triste, propio de épocas pasadas, como una limitación indebida de la libertad y de las posibilidades humanas de realización. Es preciso reflexionar con los chicos para que puedan desmontar esa falacia con argumentos sólidos. Está en juego en todo esto la imagen auténtica del hombre. Me permito rubricar lo dicho en este tramo de mi exposición refiriendo un caso reciente, del cual me enteré por una nota periodística. Parece que en este enero pasado muchos jóvenes argentinos eligieron para su veraneo una playa de Brasil; eran tantos que coparon la plaza. Entre ellos había un número abultado de ex alumnos de varios colegios católicos de renombre. El comentario describía los desarreglos a los que los muchachos y las chicas se entregaban; una de ellas, también ex alumna nuestra, lo definió con una palabra malsonante pero muy gráfica que no me atrevo a repetir. Reconozco que no sería justo generalizar este ejemplo. Pero me parece que se trata de un caso paradigmático, que debe hacernos reflexionar; como se dice vulgarmente “poner las barbas en remojo”: o las cosas se han tornado demasiado difíciles o algo no estamos haciendo bien. Este es, en mi opinión, el planteo: ¿formamos cristianos de veras o nos resignamos a criar carne de boliche?
El sentido religioso
La cuestión de los valores, y de los valores cristianos, no debe plantearse en la escuela con inspiración y criterios moralistas, actitud que no responde a lo mejor de la tradición católica. El modelo de una educación en valores –como se dice habitualmente– no puede ser un humanismo pelagiano, reciclado según el gusto y los acentos actuales, en el que no cuenta la necesidad de la gracia y su acción eficaz en los corazones para vivir dignamente según el designio de Dios. La meta de nuestra educación no es formar simplemente personas honradas; vamos a formar buenas personas si logramos formar buenos cristianos, que hagan la experiencia del encuentro con Cristo y se deciden a seguirlo. Apunto a un aspecto fundamental del proyecto educativo católico: el cultivo en niños y jóvenes del sentido de Dios y de su misterio. Me detengo brevemente en este propósito que merece gozar de la máxima transversalidad en todo el currículo. La educación del sentido religioso encuentra en la actualidad dos obstáculos principales opuestos entre sí, que operan desde hace varias décadas en la cultura de nuestra sociedad marcada por la urbanización y la globalización. Por un lado, el secularismo impregna la mentalidad de multitudes provocando en ellas el eclipse del sentido de Dios; la actitud secularista se caracteriza por la indiferencia ante la realidad de Dios, por la incapacidad de percibir los signos de la presencia divina en el mundo y en los acontecimientos de nuestra vida. En el fenómeno sociológico y cultural del secularismo confluyen diversas causas, pero su fuente ideológica de inspiración está en un antropocentrismo radical que se ha desarrollado en el curso de la modernidad y que perdura bajo nuevas formas, pero que implica siempre la ambición del hombre de realizarse a espaldas de Cristo, al margen de Dios. Por otro lado, se difunde en muchos ambientes el vago espiritualismo del movimiento New Age, una moda cultural en la que revive la vieja tentación panteísta: Dios sería el todo divino en el cual estamos incluidos nosotros como una chispa de esa totalidad; o bien sería lo profundo de nuestra conciencia, el yo que tenemos aún que descubrir, sea con el yoga y la meditación trascendental, con la dieta naturista, con el control mental o mediante la ayuda de un gurú que nos enseñe a respirar. Muchos chicos traen a nuestras escuelas un condicionamiento más o menos subliminal debido al influjo de esas dos corrientes y que constituye una dificultad, un impedimento para el desarrollo de un sentido religioso auténticamente católico. ¿Sacramentos en el currículo? El desarrollo de una sensibilidad espiritual respecto al misterio de Dios, del Dios Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, acerca de su presencia en la Iglesia y en nosotros por el don de la gracia que nos recrea en la novedad de Cristo, no se produce como fruto exclusivo de la enseñanza religiosa escolar ni de los encuentros catequísticos, por más vital que la catequesis sea. Importa, sin duda, la exposición doctrinal del misterio trinitario y de la historia de la salvación que culmina en Cristo. Pero es imprescindible la experiencia litúrgica, y concretamente el encuentro con Cristo vivo en la Eucaristía. La fuente de la gracia, del sentido de lo sagrado y de la cercanía de Dios es la liturgia sacramental como celebración del misterio de Cristo; en ella es asumida toda la realidad simbólica de lo humano y se la pone en contacto con la vida de Dios según el misterio teándrico del Verbo hecho hombre. Merced a la pedagogía litúrgica se aprende, en un proceso lento y progresivo de educación, el sentido de lo sagrado y de la gratuidad del don divino, de la vida natural y sobrenatural. ¿Cómo puede entrar esta dimensión de la existencia cristiana en el currículo escolar? Habría que detenerse con mucho más tiempo en este punto crucial. Existe un problema de fondo que trasciende absolutamente los límites de la escuela. Me refiero al defecto ancestral del catolicismo argentino: la inmensa mayoría de los fieles bautizados no va habitualmente a misa; la misa dominical no es para ellos el centro de la vida cristiana. Esa carencia de experiencia litúrgica, de cultura eucarística, determina ciertas maneras de concebir la Iglesia y de relacionarse con ella, la búsqueda de otras expresiones del sentimiento religioso y la piedad, e influye sobre el enfoque con que se encara la vida cotidiana. Si esta percepción es correcta, habrá que admitir asimismo que la inmensa mayoría de los alumnos de nuestras escuelas no va a misa los domingos. ¿Basta que asistan quizá una vez por mes cuando se celebra en el colegio? Se puede pensar que peor que eso es nada, pero ¿cómo se forma en ellos el sentido de la religión, del culto debido a Dios y de la pertenencia a la comunidad de la Iglesia, en la cual y con la cual creen? Apunto otra cuestión básica: en algún momento del ciclo primario los niños suelen hacer su primera comunión, y en otro reciben el sacramento de la confirmación –si no se lo posterga abusivamente hasta bien entrada la adolescencia. Respecto de lo primero: se supone que durante el año en que harán su primera comunión son preparados cuidadosamente por una catequista rigurosamente tal y no por la propia maestra si ella no tiene la formación y la competencia necesaria, aunque sea una excelente persona y se preste a la tarea con buena voluntad. Pero, durante ese año al menos, ¿van los chicos a misa los domingos? ¿Se les presenta la primera comunión como la primera vez en que participarán plenamente del santo sacrificio, del culto de la Iglesia en el que se actualiza la Pascua del Señor? ¿O por ventura la comprensión del acontecimiento se limita a la verdad parcial que expresa el discurso clásico “Jesús viene a mi alma”, sin referencia necesaria al sacrificio de la misa, a la comunidad litúrgica, a la Iglesia que se reúne en un lugar, en la propia parroquia –porque aunque no lo sepan todos tienen una? La recepción de los sacramentos que completan la iniciación bautismal debe ser siempre referida a la unidad de la iniciación cristiana, que culmina en la eucaristía, sacramento asiduo de la Pascua dominical. La meta a señalar a los niños durante la preparación es la práctica sacramental, una vida eucarística. No habría que olvidar la necesaria pedagogía de la reconciliación, el sacramento del perdón, en el que se renueva la gracia lustral del bautismo, ámbito en el cual también es educada con el correr del tiempo la conciencia del cristiano. Ya puede verse, con estos planteos, hasta dónde se extiende para nosotros la amplitud del currículo. Los problemas pedagógicos y pastorales apenas esbozados tendrán que ser afrontados con discreción, creatividad y paciencia.
Algunas áreas
La filosofía
Como último capítulo de esta intervención me propongo ahora ofrecer unas pocas observaciones sobre dos áreas del currículo que son particularmente significativas en orden a la formación integral de los jóvenes y a la identidad de la escuela católica. En primer término me detengo en la enseñanza de la filosofía, ubicada en el ciclo superior de la escuela secundaria, en el sexto año. En realidad, esta tardía aparición de los planteos filosóficos podría anticiparse, siquiera implícitamente o de un modo propedéutico, desde la prolongación de los interrogantes y de las respuestas que respectivamente se suscitan y se alcanzan en el estudio de varias disciplinas; pienso tanto en las ciencias de la naturaleza cuanto en las ciencias humanas, como también en la reflexión sobre los contenidos de la revelación en los cursos de enseñanza religiosa escolar, ámbito éste en el cual puede iniciarse tempranamente y en bosquejo un diálogo entre la razón y la fe. En la concreción del diseño curricular de esta materia desempeña una función decisiva la noción misma de filosofía. El establecido oficialmente por la Provincia de Buenos Aires –para hablar del que conozco de primera mano– propone una distinción valiosa entre la filosofía y la historia de la disciplina que incluye las respuestas de los filósofos por un lado, y por otro la invitación y la iniciación al filosofar, actividad profundamente humana en la que el docente tiene que involucrar a los alumnos. Lamentablemente, el mencionado diseño adopta una noción estrecha, reductiva, de la filosofía, de la que destaca unilateralmente la función crítica del pensamiento filosófico y desconoce el impulso que lo anima hacia la comprensión de la totalidad de lo real que se nos aparece y que nos incita a encontrar su última razón y significado. Transcribo algunas de aquellas fórmulas que expresan en el diseño oficial la noción de filosofía en su acepción verbal: el filosofar. Se dice, por ejemplo, que es un ejercicio crítico de pensamiento que interpela lo naturalizado, al punto de comprometer la propia subjetividad; y también: práctica reflexiva y crítica… construcción crítica de un proceso de indagación y de investigación, empeño en el que históricamente se ha dado un gesto común que es el de la problematización, del cuestionamiento, de la indagación, forma de conocimiento que pone el acento en la pregunta más que en la respuesta. Digamos nosotros, mejor, que la reflexión filosófica incluye esencialmente la búsqueda, el inquirir cuidadoso y metódico, pero ejercido sobre el ser de lo real y con la aspiración de descubrir su fundamento, para que la inquietud se calme y la inteligencia repose gozosa y fruitivamente en él. Lo que se busca es la sabiduría, entendida –ya lo señalaba Aristóteles– como la totalidad del saber, en la medida de lo posible, pero sin tener la ciencia de cada objeto en particular, lo cual corresponde a las ciencias particulares. El nombre mismo filosofía lo está indicando: es el amor de la sabiduría. Esto es lo que no aparece en el currículo bonaerense, porque la metafísica queda absorbida en una teoría crítica del conocimiento; lo que luego interesa, a juzgar por la descripción que se hace de los módulos, es el arte, la ética, la política y la historia. Otra opción notable es el desconocimiento de la reflexión filosófica de los cristianos; como si entre Aristóteles y Kant nada se hubiera aportado se silencia que existieron Agustín y Tomás de Aquino –por mencionar sólo las cumbres– y que en el siglo XX hubo asimismo pensadores cristianos de fuste, dignísimos de ser tenidos en cuenta. Debe ser una manifestación más del escrúpulo laicista. Alerto sobre esta orientación parcializada porque habrá que hacer un donoso escrutinio de programas y textos. En este área del currículo se plantea de un modo rigurosamente reflexivo la cuestión de la verdad. El deseo universal de saber tiene un objeto que es la verdad, el discernimiento entre lo que es verdadero y lo que es falso, un juicio objetivo sobre la realidad de las cosas. En el orden práctico –porque la ética es una disciplina filosófica– la búsqueda de la verdad se pone en relación con el bien que hay que realizar, y sobre todo se orienta hacia el conocer la verdad del propio fin y consiguientemente el sentido de la existencia. El itinerario así esbozado puede resultar apasionante para los adolescentes, ya que en él se descubren los diversos modelos de vida; interrogarse sobre las propuestas tan seductoras como superficiales que circulan en lo que suele llamarse “cultura joven” será un ejercicio saludable de la inteligencia, con repercusiones afectivas y posibles opciones de auténtica libertad. La verdad llama al amor, a la elección de un camino de vida. En la escuela católica los planteamientos filosóficos ofrecen la oportunidad de que los alumnos descubran y experimenten la dimensión trascendente y religiosa de la razón. Es éste un tema que aparece regularmente en el magisterio de Benedicto XVI, en continuidad con la enseñanza del beato Juan Pablo II: abrir a la razón el camino hacia el misterio, pues existe una relación profunda y armoniosa, comprobada históricamente, entre la revelación cristiana y la filosofía. Entender para creer y creer para entender son términos correlativos. La fe pide ser pensada, reclama una inteligencia de la fe que se logra mediante la ayuda de la razón, y por otra parte la razón, en la culminación de su búsqueda, admite como necesario lo que la fe le presenta (Fides et Ratio, 2) y resulta iluminada y potenciada en su ejercicio por esa información suprarracional. Considero que se podrían esperar resultados sorprendentes y fecundos si el curso de filosofía, en ese último año del secundario, tristemente abreviado de hecho por el viaje y las fiestas de egresados, se convirtiera en un foro del saber que lograra suscitar el vivo interés y la activa participación de los alumnos. Que algo de ese ideal pueda alcanzarse depende del ingenio y el arrojo de los maestros.
Una pedagogía de la palabra
Es frecuente la quejosa crítica acerca de la capacidad de leer y escribir de los adolescentes de hoy; las deficiencias las conocen de cerca y las sufren maestros y profesores. Se comprueba que niños que han completado la escolaridad primaria y muchachos y chicas que concluyeron el ciclo secundario enfrentan obstáculos insalvables a la hora de comprender un texto que se les proponga, adecuado a la capacidad que normalmente debían haber alcanzado en uno u otro nivel. Lo mismo, y aun agravado, puede decirse del ejercicio literario de redacción. También se ha señalado reiteradamente el terrible empobrecimiento del lenguaje de los jóvenes, de sus tropiezos en el habla y de su reducida facultad de expresión verbal. No desciendo a una comparación –que podría resultar injusta y odiosa– entre la escuela estatal y la de gestión privada; al parecer se trata de un mal bastante común, que se registra también más allá de nuestras fronteras. Una investigación reciente de la Asociación Internacional para la Evaluación del Rendimiento Escolar (IEA), da cuenta del retroceso de la capacidad de lectura de los niños italianos en los últimos diez años. Se barajan en este caso diversas hipótesis para interpretar los datos: los problemas de comprensión que enfrentan los nativos digitales, más sensibles a textos muy distintos que los literarios, habituados como están al lenguaje televisivo, al de internet y de los juegos de rol; una igualación hacia abajo de las habilidades, que aflige especialmente a la escuela media; la correlación entre la competencia de los niños y el número de libros que tienen en la casa, es decir la influencia decisiva del medio cultural en que viven. A este propósito se apunta que los lectores italianos son el 45, 3 % mientras que los franceses llegan al 70 y los alemanes al 82. Los escritores señalan la responsabilidad de los adultos, la chatura y el descuido de su lenguaje. No conozco si se ha hecho una medición semejante en la Argentina, si ha entrado en la clasificación Piris de aquella Asociación; de cualquier manera, el abordaje de los desarrollos curriculares del área lingüística tiene que hacerse cargo de dificultades y carencias que no podemos ocultar. Estos problemas merecen una detenida reflexión, que no puede obviarse recurriendo a una solución cuasi mágica por apelación a las nuevas tecnologías y a los lenguajes que ellas facilitan y difunden. En mi intervención en el 48 Curso de Rectores (Córdoba, 2011) hice referencia a las discusiones que sobre este asunto se traban entre expertos de varias disciplinas. Ahora me limito a evocar recursos clásicos que se podrían retomar creativamente en orden a instrumentar y poner en acto una pedagogía de la palabra. Ante todo quiero recordar que el hablar es un arte y que se yergue sobre fundamentos: algunos son comunes a todas las lenguas, otros a cada familia idiomática, y cada lengua tiene los propios. Existe un nexo íntimo entre el lenguaje y el pensamiento, entre la gramática y la lógica. La gramática tiene por objeto las modalidades de articulación lingüística del pensamiento; a través del estudio de la lengua se desarrollan las facultades lógicas, por eso tal estudio es funcional a la adquisición de un pensar riguroso y de una plena madurez intelectual. La retórica, por su parte, es el arte de bien decir, de hablar con galanura, pero también de otorgar al lenguaje la eficacia de persuadir y conmover; sólo se desacredita y resulta despreciable si se emplea para decir vacuidades o para enredar sofísticamente y sin referencia a contenidos verdaderos y oportunos. Recursos clásicos, decía; no sólo porque tienen raíces históricas antiquísimas, sino porque de su eficacia comprobada supo también valerse ampliamente la escuela argentina. La lectura en voz alta, sufrido pero benéfico ejercicio de nuestra infancia, que recientemente ha sido otra vez sugerido como un instrumento útil de aprendizaje. La declamación, tanto en el aula cuanto en actos públicos, de poesías o fragmentos de prosa bien elegidos y de autores de todas las épocas. La lectura animada de diálogos, mejor si compuestos por los mismos alumnos bajo la guía del docente. La representación teatral, tan apreciada por la Ratio de la Compañía antes mencionada; puede recrearse como ejercitación escolar que aúne el valor didáctico al contenido ameno, instructivo o espiritual y como apertura de la escuela a su contexto cultural y social. Concluyo esta propuesta acerca de la pedagogía de la palabra con una consideración políticamente incorrecta, al menos aquí en nuestro lejano sur; antepongo esta cautela teniendo en cuenta que en Europa y Estados Unidos se discute e investiga con objetividad sobre el tema, sin prejuicios ideológicos. Me refiero al aporte que puede brindar el estudio del latín al conocimiento y mejor uso de las lenguas romances (y aun de las que no lo son). Es un fenómeno que se puede constatar en varios países: un conjunto de iniciativas académicas y de difusión relanza aquella lengua aparentemente muerta. En un congreso internacional –tras días de debate– sobre La enseñanza del latín y del griego antiguo en Italia y en el mundo se acaba de mostrar la necesidad de superar no sólo aquella contraposición vigente desde hace más de medio siglo entre cultura humanística y cultura científica, que carece de sentido en la era digital. Se afirmaba también que ya es hora de abandonar cierto sentimiento de inferioridad de las humanidades respecto a la ciencia y la técnica. Participaron expertos italianos de renombre mundial, como Dario Antiseri, Giulio Giorello, Luciano Canfora y Ugo Cardinale. Este último ha recordado que el latín, como también el griego, enseñan a hablar de la lengua, y no sólo en la lengua; favorece el rigor, la investigación lingüística y semántica, la coherencia lógica y la capacidad de captar interconexiones. Afirma que el que aprende latín está en mejor posición para resolver problemas con mayor seguridad y desarrollar un pensamiento complejo que se sobrepone al balbuceo fragmentario y a la comunicación interrumpida. En la reciente reforma educativa italiana se redujo algo la carga horaria del latín en los programas escolares, excepto en los del liceo clásico, pero se modernizó profundamente la didáctica: las reglas de la gramática aparecen encarnadas en ejemplos tomados de la crónica diaria o el deporte; se acentúan los aspectos culturales y lexicales; se confronta constantemente el latín con el italiano moderno y las otras lenguas. Estas iniciativas están dando, al parecer, muy buenos frutos y la renovación ha sido acompañada de un éxito editorial. Además el interés por el latín se extiende en Estados Unidos, Alemania, Japón y China; hay transmisiones en latín de la radio finlandesa y los chats en latín se multiplican en la web. Por lo menos a nosotros, a la escuela católica, todo esto tendría que hacernos pensar. Mi exposición se detiene aquí, pero habría que revisar una por una todas las áreas del currículo. Podemos privilegiar algunas y reconocerles una especial urgencia de verificación respecto de la finalidad de la educación católica, por ejemplo la historia, la biología y las ciencias naturales, pero en realidad ninguna de ellas debe ser desconsiderada. Corresponde que lo hagamos con libertad, inteligencia y amor; el fruto de esa tarea será ver reflejado en el currículo el esplendor de la verdad, signo de la solicitud por sus hijos de la Iglesia, Madre y Maestra de todos.