sábado, 21 de septiembre de 2013

Sobre la Formación Sacerdotal

Cuando se habla de la formación del Sacerdote, entendemos básicamente dos realidades, que tiene que ver con la preparación especializada para el fiel cumplimiento de su ministerio; esto  quiere decir que pueda entender, apropiar y entregar una actividad hacia la perfección, pero sin que se olvide que como persona está inmerso en el mundo secular y por ello requiere de un adecuado conocimiento del mismo. Son la formación Espiritual y la formación Humana.
"El sacerdote no deja de ser un hombre por el hecho de ser sacerdote, es extraído de entre los hombres (Heb 5, 1) pero por ello, estando entre los hombres, requiere de una recia formación humana, con el fin de buscar virtudes humanas, que lo maduren en las profundas experiencias humanas.
Esta referencia esta dada por Pio XII en la exhortación Menti Nostrae, del 23 de septiembre de 1950: “Ha de ser tenida en cuenta la condición psicológica actual, tanto por lo que respecta al mismo alumno, como por lo que hace a los hombres entre los cuales ha de desempeñar su ministerio; ha de formarse la voluntad del alumno y su firmeza de ánimo o carácter; ha de fomentarse la formación cultural o, por así decir, profesional, de la que el alumno ha de estar debidamente adornado. (AAS, 42 (1950), 684.
Se entiende pues por formación humana del sacerdote la preparación del sacerdote en cuanto hombre que debe trabajar entre sus semejantes. Comprende, por tanto, esa formación de conjunto de virtudes humanas que se integran directa o indirectamente en las cuatro virtudes cardinales, y el bagaje de cultura no eclesiástica indispensable para que el sacerdote pueda ejercitar con facilidad –ayudado, desde luego, por la gracia- su apostolado.
Virtudes humanas son, por consiguiente, todos los hábitos morales que debe poseer el hombre como hombre, aunque no sea cristiano, y que el cristiano eleva al orden sobrenatural por medio de la gracia.
Entiéndase bien que, cuando se habla de virtudes humanas, no se pueden olvidar las sobrenaturales ni los dones del Espíritu Santo; ni tampoco referirse, ni aun de lejos, a las simples formas externas, a lo que atrae en un primer momento, pero sin fruto, por no corresponder a algo interior. Y cuando se habla de virtudes humanas como parte de la formación sacerdotal, se quiere recordar que el sacerdote, por ser hombre, debe ser varón y varonil en su carácter, en sus reacciones y en su conducta: en su vida entera." [i]
Un sacerdote bien formado permite que su ministerio de frutos y afiance la realidad de Jesucristo en los fieles. Desde aquí, algo de ello compartiremos.




[i] Escritos sobre el sacerdocio, Del Portillo Álvaro, Ediciones Palabra, Madrid Pág. 25.


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